La mujer que me enseño a sentir sin prisa
- gabrielacordourier
- 12 abr
- 8 min de lectura

Estaba por cumplir 18 años, trabajaba en la pizzería de un italiano de treinta y tantos; la hacía de cocinero, mesero, cajero, repartidor, o lo que se necesitara. A la par estudiaba la preparatoria, tenía una novia, y a pesar de todas mis ocupaciones, todavía me alcanzaba el tiempo para andar de fiesta y emborracharme con mis amigos hasta entrada la madrugada. Mi vida, en apariencia, estaba en orden, pero un día todo empezó a desmadrarse.
Vivía en un pueblo pequeño en el que todos nos conocíamos. Habitado por inmigrantes new age, que si no estaban ahogados en mezcal, estaban levitando por la mariguana o la meditación. Gente llegaba, gente se iba; dejarse fluir al ritmo de la energía del universo era la religión. Y aunque yo no me sentía completamente en sintonía, hacía lo que los demás, solo para pertenecer al grupo.
Un día el italiano me dijo que quería hablar conmigo. Se había enamorado de una chica de Durango y estaba decidido a dejarlo todo por ella. Me endosó la pizzería, su casa, incluso a su perro, y se fue. No tuve oportunidad de decir que no, de hecho, ni siquiera lo reflexioné. Simplemente recibí lo que el universo me estaba enviando.
Así como también recibí, sin armar bronca, encontrar a mi mejor amigo en mi propia cama con mi novia. Y que, no satisfecho con eso, me robara dinero, sin valorar que le había dado trabajo y entregado toda mi confianza junto con las llaves de mi casa. La traición es lo que me dolió, no lo que me quitó. Confieso que no estaba enamorado y, respecto al dinero, no era algo que a esa edad me obsesionara conseguir. Más bien, por mi mente rondaban otras cosas, empezaba a cuestionarme qué iba a hacer de mi vida: ¿migrar y estudiar la universidad?, ¿honguearme en el pueblo?, ¿seguir anestesiando mi aburrimiento con alcohol o con sexo? Habían pasado pocos meses y me sentía cansado del negocio. Contrario a lo que había imaginado, tenía muchos gastos, cosas que hacer y resolver; problemas de un adulto, y apenas había cumplido la mayoría de edad.
Entre toda esa maraña de emociones y dudas, un amigo me pidió que lo acompañara a una entrevista de trabajo en la Ciudad de México y accedí, solo para distraerme. Era para un empleo en uno de los resorts más importantes de México y el mundo. Estando ahí me incitó a que también aplicara para el puesto. Sorpresivamente, me seleccionaron a mí y no a él. Una semana después yo ya estaba en Cancún, había abandonado la escuela, la pizzería y al perro. Me fui con un poco de dinero en la cartera y el consejo de mi padre: «Ten mucho cuidado, en ese lugar la fiesta y la lujuria no tienen fin». En lugar de escandalizarme, pensé: «Dudo que sea peor que aquí».
Entré como vendedor en la boutique, aunque tenía que participar en todas las actividades colectivas: bailes, discoteca, deportes, eventos, incluso comer en el restaurante con los clientes. El objetivo era hacerle vivir al huésped una experiencia inolvidable y, por supuesto, vender. «Si es necesario cogérselos para que compren, lo hacen», era la frase que nos repetía mi jefa con su acento de Borges.
La advertencia de mi papá de que todo era fiesta y lujuria, digamos que era cierta para algunos, como el maestro políglota de baile, que decía que la mejor forma de aprender idiomas era en la cama. O mi roomate gay que tuve que ponerle un alto para que dejara de acosarme. Ahí la sexualidad era muy abierta, sin complejidades. Tener sexo era como ir al buffet: comías lo que se te antojaba y no tenía que ser lo mismo al día siguiente; la comida no se ofendía, siempre estaba ahí para quien quisiera degustarla.
Sin embargo, yo no quería relacionarme con nadie. Había descubierto el gusto por la soledad y el silencio. Quizá me nació ahí, como reacción a estar rodeado de gente y música todo el día; o quizá era un gusto que estaba latente en mí y solo necesitaba un terreno para germinar. Así que, en lugar de dejarme dominar por mi febril adolescencia, en mis días libres me iba a la playa con un libro, me recostaba debajo de una sombrilla o una palapa y me dedicaba a leer la mayor parte del día. Solo me levantaba para ir a comer.
Una de esas mañanas, estaba recostado en un camastro frente al mar. Al levantar la mirada de mi libro para reflexionar sobre una frase que había resonado en mi mente, me distrajo la silueta de una mujer que salía del mar. Más que su figura, me llamó la atención su estatura: era inusualmente alta, parecía una garza, aunque su andar era más elegante y grácil. Al verla aproximarse regresé mi mirada al libro, no quería que se diera cuenta de que la estaba observando. Para mi sorpresa, ocupaba un camastro al lado del mío. Tan sumergido estaba en la lectura que no me di cuenta en qué momento llegó.
Se recostó y, pasados unos minutos, me dijo:
—¿Qué estás leyendo?
Volteé a verla. Sobre su pecho tenía tendido un libro abierto.
—El corazón de piedra verde, un libro que me recomendó mi papá, ¿y tú?
Era rubia, su piel estaba algo enrojecida por el sol. Llevaba el pelo recogido, y por su cuello se deslizaban lentamente algunas gotas de agua. Conversamos un poco de libros, después de nuestra vida. Era española, no tenía hijos, impartía clases de yoga a adultos mayores. Me contó que acababa de divorciarse, después de veinte años de matrimonio —fue entonces que me dijo que tenía cincuenta y dos años, aunque aparentaba muchos menos—. Había decidido tomar unas vacaciones para desconectarse de todo y reacomodar sus emociones. Hablamos por unas horas, hasta que nos alcanzó el medio día.
—Me voy a recostar a mi cuarto, pero te gustaría ir a cenar hoy —me dijo.
Sin pensarlo le contesté que sí. Con ella había logrado cierta intimidad y podía desenvolverme sin sentirme tenso o forzado. «Tienen que socializar con los huéspedes», era una de nuestras funciones, y la que más trabajo me estaba costando porque no era muy hábil en el small talk.
Quedamos de vernos en la entrada del restaurante a las 8:00 p. m. Recuerdo verla llegar con un vestido rojo de escote pronunciado en la espalda. Se veía espectacular. Me tomó de la mano y subimos juntos las escaleras hacia el área de las mesas. Los empleados nos miraban atónitos, pero el más sorprendido fue el gerente, que seguro pensaba: «Pinche escuincle, ¿qué habrá hecho para ligarse a una mujer así?».
Me preguntó mucho sobre mí. Comparado con ella yo no tenía mucho que contar, pero a pesar de la diferencia de edad, en algo conectamos muy bien: al igual que ella yo estaba huyendo de mi realidad, ya no quería estar en ese pueblo que no aportaba nada a mi vida. Los últimos años los había dedicado a estar con un grupo de gente que lo único que le interesaba era excederse en todo y yo, me sentía perdido, vacío; no quería estar ahí, pero tampoco sabía a dónde ir. Ese trabajo en Cancún había sido un escape y, por primera vez, me estaba encontrando a mí mismo.
Del restaurante nos fuimos al bar, tomamos un par de copas, que ella pagó, ya que no estaba permitido que los empleados consumiéramos bebidas alcohólicas, a menos que el huésped nos invitara. La plática parecía no tener fin, yo me sentía en confianza, fui honesto; ella me contó de todo lo que había entregado en su relación, incluso lloramos juntos; transgrediendo la instrucción de que, como anfitriones, nuestra labor era hacer pasar un buen momento a los clientes.
Ya entrada la noche la acompañé a su cuarto. En algún momento se cruzó por mi mente qué haría si me invitaba a pasar. No sabría qué hacer. Al llegar, nos despedimos como dos amigos, pero justo cuando me iba me dijo:
—Me gustaría que fuéramos a cenar mañana, pero no aquí, ¿quieres?
Lo primero que me vino a la mente fue: «¿Cómo le digo que gano cuatro mil pesos al mes y que lo que tengo en mi cuenta no me alcanza para invitarla?». Sin embargo, mi boca se adelantó y dijo que sí.
Al día siguiente no la vi en todo el día, hasta las 7:00 p. m., que era la hora que habíamos acordado para vernos en la recepción. Me llevó a un hotel muy lujoso. Al abrir el menú, enseguida me fui a ver los precios, eran altísimos: una entrada costaba la mitad de mi sueldo. No me va a alcanzar ni para la propina, pensé. Supongo habrá visto mi cara de angustia y me dijo:
—Pide lo que quieras, que invito yo.
Comimos pasta, langosta, tomamos vino. Y aunque en esta ocasión sí hablamos de sexo, en ningún momento sentí que me estuviera seduciendo. Todo fluía naturalmente, sin máscaras, sin intenciones veladas; simplemente nos estábamos acompañando. Al terminar la cena me tomó de la mano. Yo no la retiré. Me sentía nervioso y pronuncié lo primero que me vino a la mente:
—¿Hoy paso la noche contigo, verdad?
Me miró con ternura y me dijo:
—Tranquilo, no hay prisa, si no quieres no va a pasar nada.
Me sorprendieron sus palabras, ¿me estaba invitando una cena de más de cinco mil pesos y decía que, si yo no quería, no pasaría nada? Fue algo muy raro. Nadie me había permitido decidir, normalmente los otros tomaban las decisiones y yo hacía su voluntad. Por primera vez sentí que alguien me veía.
Subimos al cuarto. Al entrar, empecé a quitarme la ropa.
—Espera, ¿qué haces? —me dijo desconcertada.
Sentí mucha pena y no supe qué decir. Como adolescente, yo estaba acostumbrado a que todo era muy rápido, tal cual hacen los animalillos en celo; si no está uno con temor a que lleguen los papás, estás en un lugar inapropiado, o en mi caso, tenía muchas cosas que hacer.
—No hay prisa, tenemos toda la noche —me dijo, y lo hizo de una manera tan dulce que logró aliviar mi vergüenza.
Nos recostamos en la cama. Conversamos un rato, luego me abrazó y suavemente me besó las mejillas, la frente, los párpados, el cuello. Sus labios se deslizaban y presionaban mi piel con delicadeza. Descubrí sensaciones en mi cuerpo que nunca había sentido. Era como si cada célula de mi piel estuviera conectada con el resto: al rozar una, las demás también se erizaban. Tuvimos varias pausas que se acompañaron de palabras y miradas. A intervalos nos desnudamos uno al otro. Nos respiramos con las yemas de los dedos. Me preguntó qué me gustaba y yo no sabía, sus besos y caricias me lo fueron revelando.
Ese día descubrí que hacer el amor es una danza sin música, un lenguaje trémulo. Ambos cuerpos se tornaron una misma fibra: mi placer fue el placer de ella. Comprendí que la eternidad significa desencarnar el tiempo.
Pasamos una noche más juntos, aunque en esta ocasión me pidió que me fuera antes del amanecer. No me dio razón alguna. Me fui, sin ansia por quedarme y sin prisa por volverla a ver.
Mientras caminaba rumbo a mi hotel, me pregunté: «¿Por qué me eligió a mí?». Nunca lo sabré, perdí su número de teléfono y ni siquiera recuerdo su nombre. No puedo decir que la amé, pero el agradecimiento que siento por ella, es uno de los sentimientos más genuinos y puros que guardo en mi corazón.




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