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Una falla en la matrix

  • Foto del escritor: gabrielacordourier
    gabrielacordourier
  • 2 ago
  • 7 min de lectura

Estaba preparando todo para irme a Francia cuando recibí la llamada de una tía.

—Tienes que venir a Puebla. Van a operar a tu papá.


En ese momento no me dijo que tenía cáncer. Solo insistió en que fuera, en que mi familia me necesitaba, en que no podía irme. Yo acababa de ganar un empleo que ofrecía la SEP para un puesto de asistente de español en un instituto ubicado en Montpellier, Francia. Había pasado una larga ronda de exámenes y me habían aceptado. Estaba feliz: tenía trabajo, un buen salario y la posibilidad de volver a Francia.


Pero no me fui.


Llamé a la SEP para declinar el puesto. El hombre que me contestó se molestó mucho, incluso me regañó:

—¿Que tu mamá no lo puede cuidar? ¿O tus hermanos? ¡Estás desperdiciando una gran oportunidad!


Con todo y su enojo, le dije que no podía abandonar a mi padre ni a mi familia en un momento así. Hay códigos de sangre que son difíciles de romper.


Tenía veintisiete años. Venía de una familia tradicional poblana. Soy la mayor de cuatro hijos: dos mujeres y dos hombres. Había estudiado una carrera y después me había ido a Francia a hacer una maestría. Al terminar, regresé a vivir a la Ciudad de México, me instalé en un departamento propiedad de mi papá y empecé a buscar trabajo. Creía que empezaba una etapa nueva, dejaría de ser la estudiante, la hija de familia, para convertirme en una mujer trabajadora e independiente. Contrario a lo que imaginé, la vida me deparaba otra cosa.

 

Pasaron cuatro meses entre tratamientos y estudios médicos, hasta que por fin nos dieron fecha para la operación de mi papá. Un día antes, salimos él y yo solos a caminar por Galerías Insurgentes, cerca del departamento donde vivíamos. Después nos metimos un rato a la iglesia franciscana que está en Pensilvania.

Casi todo el paseo estuvimos en silencio. Una de las pocas cosas que me dijo fue:

—Si algo sale mal, no quiero que me intuben. Te lo prohíbo.

Le dije que sí, que respetaría su voluntad.


La operación salió bien. O eso nos dijeron al principio. Pero, unos días después, tuvo un sangrado. El doctor nos explicó que estaba muy grave y que requería intubación.

—Tienen unas horas para pensarlo... —nos dijo, y se retiró de la habitación.

A partir de ahí, todo fue de mal en peor.


Yo les dije a mi mamá y a mis hermanos que él no quería que lo intubaran. Se los repetí. Quizá fui muy insistente porque se enojaron conmigo y me sacaron del cuarto. A nombre de la familia dieron la autorización. Mi padre ingresó a terapia intensiva y, poco después, entró en coma.


Como hija mayor, me quedé a cargo de administrar el dinero. Mi mamá estaba acostumbrada a que mi papá resolviera todo; ella se había dedicado a cuidarnos y a ocuparse de la casa. Mi papá tenía muchas propiedades, pero pocos ahorros. Nos alcanzó para pagar la cirugía y algunos gastos posteriores, pero como el hospital era privado, cada día nos costaba un dineral y yo, mordiéndome las uñas, veía cómo iban disminuyendo los dígitos en las cuentas de banco.


Pasaban las semanas y no despertaba. Nos quedamos sin dinero. Mi mamá pidió prestado, empeñamos las alhajas que teníamos y empecé a moverme para vender alguna de las propiedades.


Mi mamá entró en estado zombi. A mis hermanos casi no los recuerdo. Yo me sentía responsable de todos: no tenía dinero, no podía trabajar, no salía, no tenía novio, estaba profundamente triste, y cada día que pasaba yo me iba consumiendo junto con las cuentas de banco.

 

El médico que trataba a mi papá tenía la edad de mi mamá: cuarenta y siete años. Se portaba muy amable con nosotros. Estaba al pendiente no solo de mi padre, sino de lo que nos estaba pasando a todos. Platicaba mucho conmigo, me resolvía dudas y, sin que yo me diera cuenta, empezó a convertirse en un apoyo: el único.


Pasaron tres meses y mi papá seguía en estado vegetativo. Ya no podíamos pagar el hospital. Gestioné todo para ingresarlo al Seguro Social y, después, decidí que lo mejor era llevarlo a la casa.


Llegó un momento en que no teníamos para comer. Lo poco que conseguíamos era para pagar las medicinas y a la enfermera. Ninguno de los cinco trabajaba. Mi hermano menor tenía dieciocho años y todavía estudiaba la preparatoria. Antes de la enfermedad de mi papá, todos dependíamos económicamente de él.


Una tarde, el médico fue a revisar a mi papá, todo seguía igual. Le invité un café y platicamos alrededor de una hora. Cuando lo fui a encaminar a la puerta se detuvo, me tomó de las manos y me dijo:

 —¿Te puedo invitar a cenar mañana?

Lo dijo con tanta naturalidad que acepté como quien acepta un vaso de agua.

Minutos antes de que llegara por mí, empecé a sentir una mezcla de emoción y culpa. A mi madre le había dicho que iba a ver a una amiga.


Me llevó a un restaurante francés muy lujoso. Bebimos vino. Hacía mucho tiempo que no me sentía relajada, me olvidé de los problemas que tenía encima, me solté y dejé que me llevara. No recuerdo con claridad cómo ocurrió, pero terminamos teniendo sexo en un hotel.


Esa noche no pensé en nada ni en nadie, solo en mí.

 

Durante años, esta historia me llenó de vergüenza. Sentía que había transgredido todo el deber ser. Mi madre, hasta la fecha, no me lo perdona. Han pasado veinte años y todavía habla de eso como si yo hubiera cometido un crimen.


Siempre me he sentido como una falla en la matrix. Apenas a mis cuarenta y siete años me topé con Mujeres que corren con los lobos, de Clarissa Pinkola Estés. Fue un libro revelador. Me hizo pensar que eso extraño que habitaba en mí no era solo mío: que muchas mujeres cargamos una energía intensa, salvaje, difícil de encauzar, porque nos enseñan a reprimirla, no a reconocerla. Y cuando sale, sale sin forma, sin cuidado, como puede. A veces nos salva. A veces nos rompe. A veces las dos cosas.

 

Nos seguimos viendo. Al principio fue a escondidas, pero llegó un momento en que ya no hubo forma de ocultarlo. Toda mi familia se dio cuenta y me juzgó por eso. A mí no me importó. O no me importó lo suficiente como para dejarlo. Él era mi único sostén.


Un día, en medio de mi desesperación, le dije:

—Esto no puede seguir así. Ya no podemos más. Lo único que quiero es que mi papá pueda descansar, como él quería, y que nosotros podamos reconstruir nuestra vida.

A los pocos días de esa conversación, mi papá murió.


La familia de mi papá insistía en que debíamos velarlo en la funeraria más cara de la Ciudad de México. Nosotros solo teníamos seis mil pesos en la cuenta. Entre todos mis tíos cooperaron; así pudimos cubrir los servicios funerarios y guardar las formas, como ellos querían.


Después nos mudamos todos a Puebla, a intentar reiniciar la vida.


El médico fue a verme y me dijo que me quería. También me confesó que estaba casado. Yo estaba en modo sobrevivencia. Las buenas costumbres y la moralidad habían pasado a segundo plano. Le dije que, si él no tenía problema, yo tampoco.


Pasaron unas semanas y las cosas en Puebla se pusieron cada vez más difíciles. Yo ya no podía con la viudez de mi mamá ni con mis hermanos. Aproveché una oferta de trabajo que me habían hecho meses atrás en una consultoría en la Ciudad de México. Me comuniqué para preguntar si todavía estaba en pie. Me dijeron que sí.

 

Aun lejos de mi familia, tardé mucho en sentirme bien. Lloraba mientras comía, en el cine, en la casa, en donde estuviéramos. Mi médico me consolaba: se quedaba ahí conmigo, sin fastidiarse. Me enseñó a hacer las compras y a cocinar; me apoyaba económicamente. Viajábamos mucho: conocí gran parte del país con él. Me cuidaba cuando me enfermaba. No escatimaba nada conmigo: comíamos en los mejores restaurantes y vivíamos bien.


Digamos que fue mi iniciador en todo. Porque yo, aunque ya tenía veintisiete años, era una niñota, una hija de familia. Y me había quedado sin el sostén más importante para mí: mi padre.


Mi médico se convirtió en mi refugio. Sin él, no sé cómo habría podido con la orfandad que sentía ni con todo lo que trajo consigo la muerte de mi papá. Mi mamá empezó a tomar antidepresivos y ansiolíticos. Mi hermana se volvió bulímica. Mi hermano menor, alcohólico. Mi otro hermano estaba perdido, sin saber qué hacer con su vida.


Una ocasión, durante unas vacaciones, bebí de más. Al llegar a la habitación del hotel, me asomé al balcón. Estábamos como en el décimo piso. Desde ahí podía mirar la inmensidad del mar. En el horizonte había calma; abajo, en la arena, reventaban las olas. Miré hacia abajo y sentí liberación.


Estaba decidida a lanzarme al vacío, pero mi médico alcanzó a sujetarme. Me contuvo con un abrazo fuerte y no me soltó hasta que me quedé dormida. No fue mi primer intento ni el último. Muchas veces quise irme y terminar con todo. Nadie de mi familia supo nada. Frente a ellos yo mostraba fortaleza, aunque por dentro estaba hecha polvo.


Pasaron los años y mi familia seguía sin aceptar mi relación, aunque él hacía mucho que había terminado con la que fue su esposa. Me juzgaban duramente; sin embargo, recibían el apoyo que él nos daba. Una noche, mi hermana se emborrachó y se cayó. Debió de golpearse con el borde de la base de la cama, porque casi se le desorbita un ojo. Él la suturó. Y así hubo varios momentos en los que, sin su ayuda, no sé qué otra tragedia nos habría pasado.


Una mañana, mientras él se estaba bañando, sonó su teléfono y contesté.

Resultó que tenía otra mujer; y una hija con ella. Llevábamos cinco años juntos y yo nunca había tenido siquiera un indicio de que estuviera con alguien más. Cuando lo confronté, se enojó. Y justo ahí tuve la certeza de que era verdad. Quiso voltear las cosas, no caí y, finalmente, confesó.


Terminé la relación. Me insistió mucho para que lo perdonara, incluso me pidió matrimonio. Ya no confiaba en él, tampoco en mí.


Me fui a Puebla para huir, esperando el apoyo de mi familia.

No sucedió. Llegué a un lugar más desolado del que habitaba en mí, con la diferencia de que este era un lugar conocido.


Me volví arisca y blindé mi corazón durante varios años. Tuve algunas relaciones efímeras, hasta que un día conocí a alguien muy diferente a mí, además de diez años menor. Yo ya tenía treinta y siete.

 

Y, entonces... sucedió otra falla en la matrix.

 

 
 
 

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